Juan Fernández: donde se escriben las leyendas de aquellos que nunca mueren

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*Texto publicado en Diario W5 durante septiembre de 2011, con motivo del accidente aéreo donde fallecieron destacados personajes de la televisión, la cultura, y ONG’s chilenas.

La madrugada del 22 de noviembre de 1574, Juan Fernández interrumpió la furia de las olas con el ancla de su galeón. En ese segundo, mientras la tripulación observaba con los ojos vidriosos la tierra virgen, fue bautizado el archipiélago con el nombre del capitán. Aquellas selvas de helechos, entre el canto de los rayaditos y los rugidos del mar, fueron el lugar propicio para que escritores, independentistas, y náufragos alcanzaran la inmortalidad, la misma a la que se sumaron nuestros 21 compatriotas fallecidos en el accidente del avión de la FACH.

Después de bautizar el conjunto de islas, Juan Fernández abandonó en la isla de Más Afuera —hoy Robinson Crusoe—una docena de cabras para que en caso de emergencia tuviesen ahí una reserva de carne. Luego, continuó el viaje para encontrar una ruta marítima segura entre El Callao y Penco, misión encomendada por el virreinato del Cuzco. Pero fue tan eficiente que demoró sólo 30 días, mientras que sus colegas disponían de seis meses para la hazaña. Mire que los vientos iban a estar tan diligentes. Bajo este razonamiento, Fernández fue llevado al Tribunal del Santo Oficio de Lima bajo el cargo de ‘navegar por arte diabólica’. Por un pelo se salvó de la horca.

Avanzaba el siglo XVII cuando la Reina Isabel I de Inglaterra autorizó y financió a una tropa de piratas con tal de que saquearan el Pacífico Sur, con tal de obtener recursos para la corona y además vengarse de Felipe II, el monarca español, porque luego de pedir su mano con fines meramente económicos que Isabel rechazó para finalmente morir virgen, se casó con su media hermana, María Tudor.

Así, Isabel, con el temple que sólo puede ser otorgado por las noches en soledad, despidió a Bartolomé Sharp, su fiel corsario que saqueó La Serena en 1680 para luego partir a asar un par de cabras en Juan Fernández. Después, en 1704, otros ingleses pasaron por la isla cargando un tesoro, pero la tripulación del Cinque Ports no iba a comer ni a descansar, sino que a abandonar a Alexander Selkirk porque no paraba de emborracharse.

Éste marino fue el primer hombre que conoció la soledad en Juan Fernández. Con sus manos tuvo que matar cabras y pescar para poder sobrevivir, además de luchar contra el viento, la lluvia, y el frío. Algo le decía que su historia no podía terminar así, que debía de resistir, como quizás pensaron los 21 ocupantes del CASA 212 cuando tuvieron frente a sus ojos la línea que separa al mar del Cielo. Sin embargo, Alexander Selkirk siguió mirando el Sol durante cinco años, hasta que el capitán del barco donde viajaba se compadeció y pasó a buscarlo.

Para tristeza nuestra los 21 no regresaron, pero al igual que el navegante solitario ganaron un halo de inmortalidad en Juan Fernández, porque la historia de Selkirk atravesó Inglaterra y Daniel Defoe lo inmortalizó bajo el nombre de Robinson Crusoe y, quizás por pudor debido a la razón del naufragio, trasladó la isla hasta el delta del Río Orinoco.

Más de cien años después, la Isla Más Afuera —que hoy lleva el nombre de la novela inglesa y antes fue llamada así por su cercanía con el continente—, se convirtió en la prisión de Juan Egaña, su hijo Mariano, y Manuel de Salas, entre otros patriotas, derrotados por las fuerzas de la reconquista española. En una cueva, Egaña padre escribió La Fernandina, texto en que narra las penurias que sufrieron durante tres años, ya que aparte del clima invencible, debieron luchar contra ratones gigantes e intrépidos que mataban a los gatos, según el texto. Todo esto por la idea independentista, colaborar con La Aurora de Chile, e impulsar el Instituto Nacional. ‘Un hombre con una idea es un loco, hasta que la idea triunfa’, decía Twain.

Es el año 1832 de la era cristiana, y Claudio Gay, el famoso botánico francés, desembarca en la Bahía Cumberland, playa principal de Robinson Crusoe, para tomar nota acerca de las cabras que abandonó Juan Fernández, debido que al vivir en estado salvaje evolucionaron a animales más fibrosos, de frondoso pelaje marrón, y con una cruz negra en el espinazo. Aunque la fascinación de Gay fue más allá al encontrar entre las 211 especies de flora nativa, aves y mamíferos únicos en el mundo: lobos marinos de dos pelos, neques, picaflores rojos, y rayaditos de más afuera. Todos actualmente en peligro de extinción.

Por estas razones, en 1935 el Gobierno de Chile declaró Parque Nacional al Archipiélago Juan Fernández. Más tarde, en 1977, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia, y la Cultura (UNESCO) incluyó a las islas Robinson Crusoe, Alejandro Selkirk, y Santa Clara, en su listado de reservas de la biósfera. Si bien estos lugares carecen de protección mediante tratados internacionales, son respetados por los países soberanos como espacios propicios para la investigación científica, uniendo de manera armónica la mentalidad humana con el uso de los recursos naturales.

Siguiendo con la historia de las tres islas chilenas, el archipiélago Juan Fernández también recibió al crucero alemán Dresden, acorazado que huía de la primera batalla naval de la Primera Guerra Mundial, librada en las costas ubicadas frente a Coronel. Ahí los refugiados pretendían reparar las máquinas del barco junto con reabastecer sus bodegas de víveres y carbón, hasta que fueron sorprendidos por los navíos británicos Kent, Glasgow y Orama. Para salvar la vida de sus tripulantes, el capitán Fritz Emil Lüdecke se rindió y fueron trasladados en calidad de prisioneros a Isla Quiriquina, desde donde meses más tarde escaparía en un bote a remos ―ayudado por las comunidades alemanas de Talcahuano y Concepción― el entonces subteniente Wilhelm Canaris, quien se convirtió en una estrella a su regreso a Alemania, gracias a la cinematográfica fuga que emprendió. Canaris llegaría a ser el jefe máximo del Abwher, el imponente servicio de espionaje exterior de la Alemania Nazi, y moriría colgado en febrero de 1945, acusado de ser uno de los cerebros del fallido atentado contra Hitler, de 1944.

Sin embargo, hay algo fascinante y novelesco en el hecho de poner los pies en un territorio casi virgen, poblado por algo más de 600 habitantes, que fueron víctimas del cruel embate del 27/F, y en cuyas costas desembarcaron navegantes con supuestos pactos diabólicos, otros orgullosos de la pureza de su reina, sin olvidar a los encarcelados enamorados de la libertad, como así también los embobados por la naturaleza de las islas, los que buscaban salvarse de una guerra, y los condenados a la soledad.

Pero Juan Fernández atrae también a los ermitaños cansados del ruido mundano. Hombres solos que toman un día la mochila y huyen, buscando escuchar en el canto de los pájaros y el rugido de las olas aquella voz que les revele la causa primera, la razón de por qué están acá. O dejaron de estar. Así llegó a principios de este año Jonathan Franzen, el celebrado escritor estadounidense que ha vendido —y continúa vendiendo—casi tres millones de ejemplares de su tercera novela llamada Las correcciones, y cuyo último libro, Freedom, fue portada de Revista Time, asimilando su nombre a Nabokov y Joyce.

Franzen venía con un ejemplar de Robinson Crusoe bajo el brazo —qué mejor lugar que Juan Fernández para leerlo— y una cajita metálica con las cenizas de su amigo que se ahorcó en septiembre de 2008: David Foster Wallace. El chico triste nacido en Ithaca, autor de La broma infinita y Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, además de numerosas crónicas que reflejan el tedio de nuestra sociedad, una noche, después del amor, le contó a su mujer que pronto moriría, que no aguantaba más cuatro décadas de antidepresivos, y que deseaba que sus cenizas fueran arrojadas en la patria del primer náufrago inmortal de la historia.

Foster Wallace colgaba de una tabla en medio del océano. Corrigió su última novela El rey pálido y apretó la soga cuidando no manchar las hojas sobre el escritorio. Cuando su fiel amigo Franzen tiró sus cenizas entre los helechos, por fin el creador de La niña del pelo raro respiró en paz y para siempre. DFW es parte de la leyenda de Juan Fernández, panteón al que se unieron los 21 tripulantes del CASA 212, para escuchar secretos que nuestros oídos no pueden percibir, y para no morir jamás.

Anonymous Chile habla por medio de Boo

[Entrevista realizada a mediados de 2011 con motivo de la aprobación del proyecto HidroAysén, para Disorder Magazine]

Sólo por Internet probablemente no cambiarán el mundo, pero están sentando las bases para una discusión más abierta y democrática sobre el porvenir del país y el mundo. En Chile son cientos. Si miramos el globo terráqueo son millones. Mientras lees esta nota, siguen sumando partidarios. Sin más preámbulos, con ustedes: Anonymous y su estrategia contra HidroAysén. Sigue leyendo

El Cielo se cae en la Parroquia San José de Chimbarongo

fachada parroquia san josé

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“Era el sacerdote más feliz del mundo cuando me designaron como párroco acá, ya que en el año 2006 estuve un tiempo como seminarista y me encantó la comunidad, el templo, Chimbarongo en sí” dice con los ojos brillantes el Padre Robinson Piña. Todo era color de rosa para el sacerdote hasta la madrugada del 27 de febrero, cuando las cosas se vinieron a tierra, literalmente. La Parroquia San José de Chimbarongo, un edificio de 348 años de antigüedad, cedió ante el terremoto de febrero de 2010. Sigue leyendo