*Texto publicado en W5.cl, durante septiembre de 2011.
—¡Ministro, ministro! Mire pueh— grita y agita los brazos una mujer cuarentona, un tanto pasada de peso, desde un balcón de los edificios ubicados frente a la Torre O’Higgins. Esta mañana cambió las labores domésticas por una handycam.
—Señor ministro, le hablan allá— dice un periodista. Laurence Golborne desvía la mirada de la construcción que será demolida, gira su cuerpo, coloca la espalda recta, un pie delante del otro, agita la mano derecha con elegancia, y sonríe. Sólo le falta la banda presidencial.
―¡Tíreme un besito!— exige la señora.
El titular de Obras Públicas muestra su dentadura perfecta a la dueña de casa que esperará ansiosa a los niños en la tarde para que miren su video del ministro, mientras una lluvia de flashes lo empapa.
La historia ya es conocida. Golborne arribó el viernes a Concepción para iniciar las obras de demolición de la Torre O’Higgins, quizás el edificio más fotografiado en los días posteriores al terremoto del 27 de febrero de 2010, del que aún pendía a esa hora, como un mal chiste, el cartel “Venta de oficinas”. Pero Golborne no llegó en un auto blindado hasta la obra, sino caminando como quien recorre una ciudad que hace tiempo no visita. La señora del carrito de fruta lo saluda y él la abraza, un hombre que va pasando inclina su cabeza y Laurence Golborne responde atento el gesto, a diferencia del intendente, Víctor Lobos, y el alcalde de Concepción, Patricio Kuhn, quienes parecen más lejanos a sus propios vecinos. Aunque claro, hay que reconocer que ellos no son las estrellas en escena.
El Ministro de Obras Públicas disfruta la fama que le otorgaron los 33 de Atacama, junto al 71% de aprobación en la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), y el 75% que entregó Adimark a principios de agosto. El hombre conoce de números y se preocupa de cuidarlos, especialmente porque su nombre no ha estado libre de polémica, ya que durante su estadía a la cabeza de los ministerios de energía y minería fue aprobada la construcción de cinco represas en la Patagonia, además del polémico proyecto carbonífero de Isla Riesco.
Laurence Golborne mide cerca de 1,70 metros, se ve más flaco que en la tele, viste una camisa celeste, sin corbata y con el cuello desabrochado, pantalones de cotelé marrón y zapatos de seguridad cafés gastados en las puntas (además de la infaltable casaca roja), atuendo que contrasta con los severos trajes oscuros, muy formales, del resto de las autoridades.
El ministro ingresa a la cuadra de la Torre O’Higgins que está cercada por nueve carabineros, y los reporteros gráficos saltan esquivando bloques de cemento, cables, máquinas, y cuanta cosa se interponga entre los lentes de sus cámaras y quien hasta hace dos años ocupaba la gerencia general de Cencosud. El edificio que luego comenzará a ser derrumbado, además de justificar su presencia, pasa a ser un mero elemento de la escenografía. Él es la estrella. Laurence, el chiquillo de clase media, el único agnóstico del gabinete, el único que salió de un colegio público (el Instituto Nacional), es el candidato más fuerte de la derecha y él lo sabe y lo disfruta. Es un rockstar.
El hijo del ferretero saluda al ingeniero de abrazo, se pone el casco blanco y vengan más flashes. Su sonrisa es infatigable. Golborne se toma en serio su posición, pero no tiene la actitud propia de un ministro, generalmente amarrada a una serie de formalidades. Por el contrario. Se mueve con soltura, mira la construcción quebrada con inocencia y escucha con atención de alumno mateo cuando le explican cómo será el proceso que derribará a la Torre O’Higgins.
Los trabajadores esperan alineados al otrora niño que creció en las calles de Maipú, quien da un fuerte apretón de manos a cada uno y les tira sus tallas. Se pone los anteojos de seguridad y dos pulverizadoras comienzan a aportillar un bloque de cemento. Laurence Golborne observa la escena con la fascinación de quien lleva sólo cinco años residiendo en la Tierra, aunque sus tímpanos no estén de lo más cómodos.
Cuatro hombres saltan contentos en el séptimo piso de las futuras ruinas, el ruido se detiene, suena el chicharreo de una radio, y el Ministro de Obras Públicas les desea muy buenos días.
—Pero suba, pos, que me canso bajando las escaleras—lo invita uno de los trabajadores.
—¡Claro, que suba en la Fénix!—grita un fotógrafo aludiendo a la sonda con que fueron sacados los mineros.
—Cuando terminen esto, les pondré un ascensor para que no se cansen—responde el miembro del gabinete con mayor aprobación, mientras arriba y abajo celebran el chiste, pero él recobra su dignidad de ministro y presidenciable. Mal que mal, no vino a chacotear.
—Señor jefe de obra: doy por iniciada la demolición —avisa por una radio portátil― y luego dice lo que por cierto tenía que decir: “con esto buscamos cerrar las cicatrices del terremoto, y como Gobierno esperamos que a fin de año Concepción esté en condiciones normales” y agrega lo que quienes resultaron afectados esperaban escuchar: “el Gobierno emprenderá las acciones legales correspondientes contra quienes resulten responsables del colapso de éste edificio”. Pero no todo es miel sobre hojuelas.
―¿Y por qué se han demorado tanto?— inquiere una voz.
—Porque debimos seguir paso a paso lo que la normativa vigente, lo que conlleva un montón de trámites tanto en el ministerio como en Contraloría, por ejemplo— explica Golborne con naturalidad. Es razonable su argumento, por cierto, pero la voz contraataca.
—Pero el Diputado Van Rysselberghe dijo que bastaba con un mandato presidencial para echar abajo la Torre O’Higgins.
Por única vez en casi una hora Laurence Golborne deja de sonreír. Sus ojos verdes buscan al miembro del Parlamento citado en un par de segundos, que anda por allí también. Respira, recupera la amabilidad de su rostro, y repite que es necesario seguir la Ley General de Urbanismo y Construcciones. Lo siguen interrogando pero su discurso está férreamente estructurado. Juega con los sinónimos, cambia la frase, pero el fondo es el mismo. No tropieza al hablar, no titubea y tampoco se equivoca, a diferencia de su jefe.
Termina con la prensa, y el hombre que con 21 años asumió la gerencia de control de sistemas de Esso Chile asiente a cada solicitud fotográfica de los obreros: posando como equipo de fútbol, abrazado con uno, al centro de un cuarteto. Toma sus brazos, se ríe, los mira. Les pregunta por las estructuras de soporte. Le explican cámara en mano. Golborne escucha como si le estuviesen enseñando el mundo y les dedica palabras relativas a la seguridad: “deben tener en cuenta que no por mucho madrugar amanece más temprano”, les dice. Toma por los hombros a dos de ellos y les explica lo importante que son la calma y la templanza en la ejecución de las obras. Mientras tanto, la pluma de 60 metros se balancea portando nada, para que se vea como que está haciendo algo. No importa, nadie protesta por la bulla ni repara en ella. El centro de la fiesta tiene nombre y apellido.
En eso, dos propietarios de las oficinas de Torre O’Higgins se acercan al Ministro de Obras Públicas para preguntar sobre la procedencia de los 993 millones que cuesta la demolición, y qué va a pasar con ellos como dueños de un futuro espacio vacío en el centro de Concepción. Laurence Golborne, cuyos cabellos están comenzando a blanquear, toma por los brazos a los atribulados hombres y repite que este es uno de los grandes pasos que está dando el Gobierno para comenzar a dar vuelta la página del terremoto, y que estén tranquilos. No es mucho lo que les explica, pero logra tranquilizarlos.
El responsable de la misma cartera desde donde Ricardo Lagos saltó a la Presidencia de la República sube a una camioneta blanca, se despide con la mano de los trabajadores que lo miran y parte rumbo a Los Ángeles a dar la partida a las obras de repavimentación de la ex Ruta Cinco. No obstante, apenas entra al vehículo Golborne sigue funcionando, esta vez a través de Twitter, aunque con un poco de retraso debido a que durante la visita a la Torre O’Higgins jamás tomó el teléfono. Mientras el móvil se aleja con dirección a la rotonda Bonilla, dos obreros reflexionan:
―¿Cómo no voy a estar contento si me saqué una foto con el hombre que rescató a los mineros?— dice uno de ellos a su compañero.


